domingo, 7 de febrero de 2016

Mil promesas. (Corto)

Llegaste arrasando con todo aquel catorce de marzo, me diste el impulso que me faltaba, me diste la alegría, la paz, la tranquilidad pero también los nervios, la ira, los celos, la intranquilidad... Creía que sabía lo que era el amor verdadero pero a tu lado me di cuenta de que jamás había sentido lo que significa amar de verdad. Creía que nadie iba a conseguir que me estremeciera con una mirada, una sonrisa... Hasta que apareciste tú.
Arrasaste con mi corazón, con mi alma, con mi cuerpo... Dejé de ser mía para ser simplemente tuya, entera. En cuerpo y alma.
Te amé como jamás amé a alguien y como jamás amaré a nadie. Te ganaste mi amor, mi admiración. Te ganaste todos y cada uno de mis pensamientos y mis sentimientos. Fui incapaz de sentir y de pensar algo que no fueras tú, tú y tú. Todo me recordaba a ti. Como cuando me despertaba y olía al café mañanero de mi compañera.
Me acordaba de mis despertares en tu casa, con la cafetera en marcha haciéndote el café y el microondas sonando porque solamente por mí tenías una taza especial junto con su Colacao para tomarlo cada mañana.
Te hiciste el dueño de todo sin saberlo, hiciste que cerrara para siempre mi corazón, con un buen candado y tirara la llave a lo más profundo de un océano.
Me regalastes los mejores años de tu vida, me diste las mejores de las sonrisas, me hiciste mil promesas que, sin yo saber muy bien cómo, fuiste capaz de cumplirlas todas, una por una.
Sentí que solamente vivía para ti, me olvidaba del mundo a tu lado. Me sentía protegida entre tus brazos, me sentía querida e incluso inútil. Inútil por no poder demostrarte con palabras lo muchísimo que te quería, inútil por intentar expresártelo mil veces y que todas las veces me quedara en blanco...
Pero era increíble, llegabas tú, me decías una palabra con la mejor sonrisa, la más sincera y la más bonita que veré jamás, me acurrucabas entre tus brazos y me decías que me dejase llevar.
Así hice la mayoría de las veces: dejarme llevar. Me dejaba llevar por los sentimientos, por las ganas de comerte, por tu tranquilidad, por tus besos profundos, por tu caricias, por tus sonrisas, por tus miradas...
Podría estar así una eternidad, pensando en ti, en mí, en nosotros. En nuestro pasado, en nuestro presente y en nuestro futuro... Pero ahora tengo que cumplir contigo una de las mil promesas que me dijiste... Y tengo que actuar, agarrada de tu mano, bajo tu impaciente, provocativa, sensual mirada. La tuya y la de un par de personas más... Y simplemente, una vez más, me dejo llevar... Y digo las dos palabras que marcarán nuestras felices, agitadas pero bonitas vidas... "Sí, quiero."
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